Arte. Qué es arte, me preguntaba a raíz de una conversación con mi querida Tiffany’s. Esta pregunta es de las más trilladas y manoseadas y trasheadas de los últimos años. Su respuesta tiene tantas posibilidades como maneras de cagarla haciendo el cubo de Rubick, borracho, en medio del Club der Visionäre berlinés, a eso de las cuatro de la tarde, un domingo, tras tres días sin dormir. Y, lo más probable es que, respondas lo que respondas, afirmes lo que afirmes, no consigas ni convencerte a ti mismo. ¿O qué?
(Léase por favor con el ritmo de la marcha nupcial) Chan tata chan chan tata chan. A esto es a lo que parece aspirar un gran porcentaje de la población, adulta, adolescente e incluso infantil. Un bodorrio por todo lo alto es la meta de muchas mujeres, en ocasiones acompañado de un par de churumbeles correteando por la casa, bueno, y de algunos hombres. Cuando somos pequeñas nos empiezan a taladrar el cerebro con regalos tales como muñecas hiperreales – ahora ya las hay que hacen sus necesidades, lloran, hablan, e incluso seguro que ya las habrá contestonas y maleducadas-, cochecitos de muñecas, cocinitas, maquillaje, etc.
Ha llegado el día. La propia experiencia de navegación por las redes es equiparable a salir a la calle para documentar una movida como periodista. La crónica, pieza fundamental de la maltrecha profesión, abre otra rama potente que recién comienza. El ambiente, el encuentro con el personaje famoso (Un día con Paris Hilton, acompañándola por Dubai con su caniche), el contacto tan laureado con la realidad, dejan de ser imprescindibles.
Te encuentras fatal, casi no puedes moverte de la cama por la fiebre que tienes, haces un último esfuerzo sobrenatural para llegar a coger el teléfono inalámbrico y poder llamar al CAP o Centro de Salud. Una vez tienes el inalámbrico entre las manos te das cuenta de que necesitas sacar la tarjeta sanitaria que te dieron en la seguridad social, porque no te sabes el número telefónico ni tu SIP, casi que no te sabes ni tu nombre, y piensas: "Maldita sea ¿por qué no lo grabé en la memoria del fijo?", pero no es momento para autoinculparse y empiezas a buscar la cartera…
¿Quién no tiene un contrato con una compañía telefónica? De hecho, ¿quién no tiene dos contratos por lo menos con una compañía telefónica? ¡O con dos compañías! (si eres de estos te compadezco, amigo). Necesitamos estar tan conectados casi como respirar –he dicho casi–, que no cunda el pánico.
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